Escaparate

Lo que queda cuando dejas de mirar el escaparate

Hoy un antiguo colega del campus de programación me preguntó si le había bloqueado en Instagram.

No, no le había bloqueado. Simplemente hace tiempo que no existo ahí.

Hace un par de semanas, antes de desactivar la cuenta, me había contactado por ese mismo Instagram para saber de mí. Y aunque tiene mi número, aunque tiene mi contacto directo, me preguntó a través de la app. No fue tanto el medio lo que me chocó, sino el modo: no «¿qué tal, cómo estás?», sino «¿qué es de tu vida, qué haces ahora?».

La pregunta no tiene nada de malo. Pero se quedó rondándome.

Porque cada vez noto más esa sensación de que las redes no preguntan cómo estás, sino qué tienes. Qué haces, cuánto ganas, algo tangible, medible. Como si el valor de una persona solo contara cuando se puede cuantificar.

Y lo curioso es que, sin ser influencer ni nadie con seguidores que importen, también me he construido sin darme cuenta mi propio escaparate. Uno donde la gente pasa, se para dos segundos, decide si le gusta o no, y sigue caminando.

No sé si eso me generaría tanto rechazo si no hubiese conocido a tanta gente de doble moral por el camino — gente que no cumple su palabra, que cambia de opinión según le convenga, que ni siquiera parece saber qué piensa. No aspiro a ser así. Y quizá por eso desconfío tanto de un espacio diseñado para que todos opinemos de todo constantemente.

Lo peor no es pensar esto. Lo peor es que, aun pensándolo, seguía ahí. Usando las redes como excusa para no sobrepensar, como excusa para «aprender algo», y acabando saturada de información sin haber aprendido nada en realidad. Buscando conexión y encontrando superficie.

El remedio muchas veces es la causa de la enfermedad.

Así que desactivé la cuenta. No la borré (desactivarla era el punto medio entre borrarla y no hacer nada).

Llevo 14 días.

A veces me sigo distrayendo con otras cosas, no voy a mentir. Pero también noto algo raro: al acostumbrarme otra vez al aburrimiento, me empiezan a apetecer cosas que cuestan más esfuerzo. Leer. Meterme de lleno en un tema solo porque sí.

No sé si el problema era yo, por indiferente. O si es que hay algo en cómo están hechas estas plataformas que nos deja así, saturados y desconectados a la vez. Cada vez pienso más que es lo segundo.


 

Nota aparte: me gustaría escribir en algún momento sobre qué dice la evidencia real sobre esto — si Instagram realmente da pie a conexión humana o solo a la ilusión de ella. Si encuentro algo interesante, será el próximo post.