Escaparate (parte II): lo que dicen los datos

Lo que queda cuando dejas de mirar el escaparate

Dije que iba a buscar algo. Lo encontré, y no es que confirme lo que ya sospechaba, es que lo hace con más matices de los que esperaba.

Empiezo por lo obvio: un estudio de la Universidad Estatal de Oregón, publicado este mismo año, siguió a más de 1.500 adultos de entre 30 y 70 años y encontró algo muy concreto; las personas que revisan redes sociales más de 22 veces al día tienen más del doble de probabilidades de sentirse solas que quienes lo hacen con menor frecuencia. No hablamos de horas, hablamos de frecuencia: la cantidad de veces que interrumpes lo que estás haciendo para mirar la pantalla. Y lo que más me llamó la atención es que esta investigación desafía directamente la idea de que plataformas como Instagram mitiguen el aislamiento, no es que no ayuden, es que hacen justo lo contrario de lo que prometen.

Pero aquí viene el matiz que no esperaba. Un estudio publicado en JAMA Network Open, con jóvenes de 18 a 24 años a los que se les pidió reducir drásticamente su uso de redes durante una semana, encontró que al bajar el tiempo en redes de casi 2 horas diarias a 30 minutos, mejoraron los síntomas de ansiedad y depresión. Hasta ahí, todo como cabría esperar. Pero la sensación de soledad no cambió nada. Ni para bien ni para mal.

Eso me hizo pensar. Si dejar de usarlas no te hace sentir menos solo, es porque quizá nunca te estaban conectando con nadie de verdad, solo estaban ocupando el hueco. Quitas el ruido y mejora el ruido, pero el vacío de fondo sigue ahí, intacto.

Y el dato que más se parece a lo que yo sentía es el de un estudio longitudinal de nueve años de la Universidad de Baylor: tanto el uso pasivo (scrollear sin interactuar) como el uso activo (publicar, comentar) se asociaron con más soledad con el paso del tiempo. Lo que más me sorprendió es que el uso activo (el que en teoría «sí es social», el que implica hablar con gente) no se salva. Comentar y publicar no protege de la soledad más que simplemente mirar.

Y hay una frase de ese mismo estudio que resume mejor que nada lo que yo intentaba explicar en el post anterior: los investigadores señalan que la clave está en entender la diferencia entre conexión y cercanía. Puedes estar «conectado» con doscientas personas y no tener cercanía real con ninguna. Instagram te da la primera palabra, no la segunda.

Lo más incómodo de todo esto es un hallazgo que el mismo estudio de Baylor menciona casi de pasada: no es solo que las redes generen soledad, es que la soledad también empuja a la gente hacia las redes, buscando alivio ahí. Es el círculo que yo describía sin saber que tenía nombre. No es una casualidad que se retroalimente (es, literalmente, cómo está diseñado para funcionar).

Así que no, no tenía razón por intuición. La tenía porque, aparentemente, es así como se comporta esto en la mayoría de la gente.

Lo que no sé todavía es qué hacer con esto más allá de mis 14 (ahora 16) días desactivada. Pero al menos ya no siento que estoy siendo dramática.


Fuentes:

  • Gorman, J.R. et al. (2025). Time and Frequency of Social Media Use and Loneliness Among U.S. Adults. International Journal of Environmental Research and Public Health. doi.org/10.3390/ijerph22101510
  • Calvert, E. et al. (2025). Social Media Detox and Youth Mental Health. JAMA Network Open. doi.org/10.1001/jamanetworkopen.2025.45245
  • Roberts, J.A., Young, P.D. & David, M.E. (2024). The Epidemic of Loneliness: A 9-Year Longitudinal Study of the Impact of Passive and Active Social Media Use on Loneliness. Personality and Social Psychology Bulletin. doi.org/10.1177/01461672241295870